Primer capítulo Naga la gárgola guardiana

Lo prometido es deuda así que hoy os traigo el primer capítulo de mi nueva novela. Espero que os guste.

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PRÓLOGO

Ella no había sido madre así que no sabía lo que eran los dolores de un parto, pero debería ser algo muy parecido a lo que sentía en ese momento, ya que la destrozaba desde dentro; notaba como roían sus entrañas. Su cabeza parecía que le iba a estallar, la golpeaba un continuo martilleo y la presión tras los ojos era insoportable. Tenía las fosas nasales y la boca totalmente secas, lo que provocaba que, cada vez que intentaba tomar una bocanada de aire le ardieran como si estuvieran en carne viva. Sus labios agrietados por la falta de humedad se resquebrajaban aún más con cada movimiento y no podía hacer nada para remediarlo, ni si quiera pensaba con claridad a causa del sufrimiento.
El cuello estaba tan tenso que parecía que con solo un suave golpecito se partiría en dos. Siempre acumulaba toda la tensión en esta zona, y en ese momento parecía tenerla multiplicada por mil. El pecho subía y bajaba con dificultad, el dolor la paralizaba, tenía miedo de respirar un poco más fuerte, más de lo debido y no poder soportarlo. El corazón latía a mil por hora dando la sensación de que saldría despedido en cualquier momento. Sus piernas y brazos se estaban literalmente rompiendo en mil pedazos, los huesos parecían de mantequilla, quebrándose un poco a cada segundo que pasaba y la piel se estiraba para poder acoger lo nuevo que se estaba formando dentro de ella.
Sentía mucho frío tumbada sobre ese suelo de mármol, pero a la vez estaba segura de que la fiebre corroía todo su cuerpo y una capa de sudor perlaba cada retal de su blanquecina piel. Estaba desorientada, ¿qué le pasaba?, ¿por qué a ella?, quería preguntarle a Sárilan, que le sujetaba la cabeza entre sus piernas intentando aliviar algo del dolor que sufría. Lo intentó, pero no podía articular palabra, la voz no le salía de la garganta. Tuvo miedo de hacerle daño a ella o a los bebés cuando su cuerpo empezó a convulsionar violentamente, pero solo consiguió implorarle con la mirada que se marchara, cuando el tormento que padecía se lo permitió.
¿Dónde estaba su hermano? Cómo le extrañaba en aquel momento. Él sabría qué hacer, siempre la ayudaba. Rezó para que llegara pronto y pusiera fin a todo este calvario, o de lo contrario que cayera inconsciente para dejar de sentir, pero ninguna de las dos llegó.
La locura se estaba instalando en ella, todo aquel sufrimiento que no la abandonaba le quitaba la poca cordura que le quedaba. No sabía si habían pasado horas o días, le daba igual, solo quería morir para que todo aquello llegara a su fin. Seguía sin poder moverse mientras su cuerpo seguía transformándose.
Cuando pareció que el dolor amainaba se quedó inconsciente y dio a Dios gracias porque no podía soportarlo más.

CAPÍTULO I

Después de todo el derramamiento de sangre de ese día, todos necesitaban unas merecidas vacaciones.

Marius volvía de la muerte, se había convertido en un muerto en vida durante todos los meses que había estado alejado de su familia. Se marchó de casa meses atrás destrozado, por el sentimiento de culpa tras haber perdido a la mujer que amaba. Ahora, que por fin la había recuperado, solo quería disfrutar de ella el mayor tiempo posible. Es algo de lo que nunca se cansaría, de amar a ese pequeño demonio. Tenía pensado no abandonar la habitación por lo menos en un mes.
Su hermano de armas, Axel, solo llevaba unas horas separado de su mujer y ya deseaba tenerla entre sus brazos y demostrarle cuánto la había echado de menos, a ella y a los mellizos. No veía el momento de que nacieran y que se durmieran mientras los acunaba. Ahora que Marius había vuelto, su familia por fin estaría al completo.
Cormand y Silas también se habían ganado un merecido descanso. Aunque eran los más despegados de todos ellos, no dudaban en entregar la vida por su familia, aunque esta no fuera de sangre.
Akiles, Rey de las gárgolas de Grecia, estaba ansioso de estrechar a su hermana pequeña entre sus brazos y ver que estaba bien. Cada vez que se encontraban tan cerca de la muerte y pensaba en poder perderla… se volvía loco. Desde que fallecieron sus padres, años atrás a manos de los raptores, no sabía qué haría si algo le sucediese. Por ese motivo era tan sobreprotector con ella, aunque sabía que la estaba privando de muchas cosas y que ella en ocasiones sufría… pero lo hacía por su bien, y cuando creciera, lo entendería. Era su única familia de sangre, y por ella sería capaz de bajar al mismísimo infierno para arrancarla de las garras de Hades, si con eso la pudiera recuperar.
El sol ya despuntaba cuando aparcaron el Knight XV blindado frente a la casa, un coche perfecto para una noche de guerra como la que habían vivido. Uno a uno fueron bajando del vehículo, y aunque eran tan distintos en ese momento, todos tenían algo en común, el cansancio que se marcaba en sus rostros.

Akiles fue el primero en cruzar el umbral con los ojos brillantes de emoción esperando encontrarse con su hermana y con Sárilan, que saldrían a recibirlos en cuanto oyeran el motor. Seguramente no habrían podido pegar ojo en toda la noche, esperando que su familia volviera ilesa a casa.
Le sorprendió que ninguna de las dos estuviera allí. La preocupación empezó a crecer en él. «No, no les podía haber pasado nada, seguramente se habían quedado dormidas de tanto esperar» pensó Akiles un poco alterado.
Intentó tranquilizarse en vano. Los nervios de los últimos días habían hecho mella en todos ellos. Caminó rápidamente hacia el salón, esperando encontrarlas en los sillones dormidas; el resto le seguía de cerca, también algo confusos y preocupados. Cuando llegó a la entrada, su cuerpo se quedó petrificado y Axel chocó contra él, pues éste no había visto que se detenía hasta que fue muy tarde. Iba bromeando sobre algo con Marius, ya que intentaba que su amigo no se fijara en que su mujer no estaba recibiéndoles.
—Hermano ¿qué haces ahí en medio? Quiero ir a abrazar a mi mujer. Luego, si quieres, te abrazaré a ti —bromeó Axel abrazando a Akiles por detrás.
Pero Akiles no contestó. Axel dudó que realmente le estuviera escuchando, su amigo iba perdiendo el color por segundos. Axel al ver que no reaccionaba y preocupado de que le hubiera pasado algo a las mujeres, le empujó y entró en el salón como si de un miura se tratará.
—¡Dios mío! ¿Qué demonios…? —Axel no creía lo que veían sus ojos.
Al oír esto y ver su expresión, el resto entraron corriendo en la estancia y se quedaron todos igual de paralizados. Sárilan estaba en el suelo con una Scailar inconsciente en su regazo. La hermana pequeña de Akiles, tal y como la habían conocido se había marchado. Ahora, en su lugar había una Naga. Sárilan derramaba lágrimas por sus blancas mejillas, Axel reaccionó al ver a su mujer en aquel estado y saliendo de su estupefacción fue a abrazarla para darle consuelo.
—No te preocupes mi amor, ya pasó, estamos todos aquí contigo —Le acariciaba el pelo mientras besaba por todo su rostro.
—No sé qué le ha pasado… ha sufrido tanto… El dolor la estaba destrozando, no podía ni gritar, pero yo, se lo veía en su rostro y en cómo se convulsionaba su cuerpo —Su marido la estrechó más fuertemente, intentando absorber algo de su miedo y dolor—. Yo no podía hacer nada para ayudarla, nada. Cuando todo terminó, pensé que por fin, descansaba. Estaba inconsciente y yo pude respirar cuando la toqué y localicé su débil pulso. Pero luego… se transformó… —Señaló su cuerpo que se veía tan hermoso, a la vez que mortífero.
Sus piernas habían desaparecido y habían sido reemplazadas por una hermosa cola de escamas verdes y doradas, que culminaba bajo su ombligo donde ahora tenía una pequeña armadura plateada con joyas incrustadas, dejando su vientre plano al aire. Sus turgentes pechos estaban protegidos con una armadura decorada igual que la inferior. Sus largos cabellos rubios y rizados ahora estaban reposando sobre sus brazos, y dos trenzas enmarcaban su bello rostro. Su cabeza tenía una corona de plata con una piedra morada y en sus manos reposaban dos espadas Thega, las espadas hindús del sacrificio, pero lo que más llamaba la atención de ella era el aura floral que emanaba de su cuerpo.
—Lo que has vivido es la transformación que los de nuestra especie sufrimos para convertirnos en guerreros del ejército de las gárgolas. Scailar ahora es una Naga —dijo Marius abrazando a su mujer por la espalda, que admiraba maravillada el cambio de Scailar.
—¡Gracias a Dios! Pensé que se moría hasta que la vi cambiar —Se enjuagó las lágrimas—. ¿Qué es una Naga?
—Sárilan, una Naga es un semidiós, mitad mujer, mitad serpiente. Las Nagas tienen un gran encanto, cualidad que las hace muy poderosas sin necesidad de recurrir a la violencia. Son enormemente inteligentes, sabias y pacientes. Prueba de ello es que son capaces de pasar horas inmóviles vigilando a un enemigo. Además, descansan en un estado semiconsciente por lo que difícilmente pueden ser sorprendidas. Poseen magia, aunque prefieren no usarla. Existen tres tipos de Nagas; Scailar es una guardiana y menos mal… son de naturaleza noble, por lo que suele avisar a los intrusos e incluso los entierran después de la batalla. Son capaces de escupir veneno y matar con él, aunque también pueden usar la mordedura y la constricción —le explicó Axel a su esposa—Si hubiera sido una Naga espíritu estaríamos bien jodidos, esas son perversas y atacan sin miramientos a cualquier persona, aunque sea un ser querido… además paralizan con la mirada, así que tenemos que dar gracias por ello.
—Me has dejado de piedra, ¿cómo sabes tanto sobre esto? —dijo Sárilan sorprendida.
—Desde que era niño me ha gustado la mitología y he leído mucho sobre ello, tengo trescientos años, imagina todo lo que me ha dado tiempo a aprender —Su mujer le sonrió encantada.
—Bueno, parece que son buenas noticias. ¿Por qué tenéis todos esos caretos entonces? —los miró uno a uno—. Tendréis una gran guerrera a vuestro lado.
—El problema es que nunca ha existido una mujer guerrera en las filas de las gárgolas… —Fue Akiles quien dijo lo que nadie quería pronunciar en alto—. Es señal de que algo muy malo se avecina —Y se agachó junto a su hermana para abrazarla.

Mi nueva novela Naga La gárgola guardiana de Jess Dharma

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Si te gustan las historias con acción, fantasía, amor, pero sobre todo mucho humor y cosas mágicas esta es tu novela.

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SINOPSIS

Dos dioses enfrentados, provocarán una guerra en la tierra. Hades ha creado un ejército de Raptores. Ha resucitado a los más crueles asesinos para arrebatar las almas humanas alimentándose de sus emociones hasta la muerte. Laya, diosa protectora de los humanos, creará a las gárgolas seres mitad hombres, mitad bestias con poderes sobrenaturales, que lucharán contra los raptores para que los mortales sobrevivan.
¿Quién ganará esta guerra entre inmortales?
La diosa Artemisa es secuestrada por el Minotauro de sus aposentos en la isla de Ortigia. Su tía Laya desconsolada manda a sus mejores guerreros del ejército de las gárgolas a buscarla a Creta y de paso matar al que ha osado a hacerlo, pero misteriosamente ellos también desaparecen sin dejar huella.
Apolo y Scailar se embarcan en un viaje lleno de peligros por la Grecia antigua para recuperar a sus hermanos, enfrentándose a monstruos mitológicos y peligros inimaginables. Pero si hay algo peor que todo eso es que ellos dos se llevan a matar, él es un mujeriego y un prepotente de cuidado, y ella ha sido criada para no dejarse intimidar, aunque la atracción entre ellos es igual o mayor al odio que sienten.
Embárcate con ellos en ese viaje mágico lleno de aventuras en un mundo mitológico.

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Apolo dios griego

Hoy os traigo otro de los dioses más importantes griegos y que sale en mi próxima novela para que le vayáis conociendo un poco más.

Apolo

Apolo, también conocido como Phoebus Apollo (Febo Apolo), fue uno de los dioses griegos más importantes. Pertenecía al grupo de los 12 dioses que habitaban en el Olimpo junto a Zeus. Apolo, hijo de Este y de Leto, era entre otras cosas el dios del arte de la adivinación, de las artes -la música, sobre todo- y la arquería. También era el dios de la luz ligada al sol (Phoebus, Febo o foibos significa «brillante»). Con sus flechas era capaz de causar enfermedades infecciosas, aunque también era capaz de curar, por lo que se le conocía como «el que ataca de lejos». Esta naturaleza dual también se reflejaba en el hecho de que fuese la deidad de los pastores que guardaban el ga­nado y asimismo se le identificase con su gran enemigo el lobo.

Leto dio a luz a Apolo y a su hermana melliza Artemisa, diosa de la caza, en la isla de Delos, donde se había refugiado de la ira de Hera, la esposa de Zeus (ver Hera). Apolo se hizo adulto muy rápido y se trasladó a Delfos, en la península griega donde habitaba la serpiente gigante Pitón en una grieta de la superficie. Pitón era hermana de Gaya, la diosa de la tierra. Tiempo atrás se había enemistado con Leto y había intentado evitar el nacimiento de Apolo y Artemisa. Apolo acabó con el monstruo «con mil flechas», según cuenta el poeta Ovidio en su obra. Aunque tuvo que hacer penitencia por el pecado de haber acabado con la serpiente divina, se le permitió fijar su oráculo donde antes había estado Pitón. El oráculo de Delfos, relacionado con los santuarios de Apolo y situado según los griegos en el ombligo de lo que era la tumba de Pitón (el centro del mundo), mantiene una extraordinaria reputación desde la Antigüedad. No sólo existía en la mitología, sino que realmente también se podía visitar y de hecho mucha gente lo consultaba. La sacerdotisa Pitia (de Pitón) daba respuestas sentada en un taburete de tres patas sobre la grieta en la tierra en la que estuvo la serpiente gigante y a través de la cual obtenía las respuestas susurradas por Apolo. Este oráculo lingüístico era oscuro y se podía interpretar de muchas formas, lo que le dio con el tiempo su fama de ser infalible. De acuerdo con el pensamiento moderno, Pitia pudo sucumbir a los humos tóxicos que emanaban de las profundidades y que confundían sus ideas hasta hacer de su habla un ruido ininteligible. Sus términos eran un tesoro que se interpretaban como una predicción útil para la gente.

Después de matar a Pitón, Apolo acabó con muchos más seres valiéndose de sus flechas. Con su hermana Artemisa acabó con el gigante Titio, que había tratado de violar a su madre. Este acto no fue reprendido por Zeus. Titio fue condenado a sufrir eterna tortura en el Tártaro, la zona más lúgubre del mundo de los muertos.

Niobe también fue víctima de la venganza de Apolo y Artemisa. Era la esposa de Anfión, rey de Tebas, y tenía siete hijos y siete hijas. Ella presumía de ser más fértil que Leto e incluso, llevada por su orgullo, consideró innecesario hacer sacrificios por la diosa. Niobe sufrió un castigo ejemplar por su arrogancia. Apolo mató a sus siete hijos con sus flechas y Artemisa hizo lo mismo con sus hijas. Cuando su hija más joven, Cloris, se abrazó a su madre agonizando, Niobe pidió clemencia para que la dejasen viva, pero todo fue en vano, pues aún se disparó una flecha más para rematarla. Según algunas versiones, sin embargo, Cloris salvó su vida (ver Cloris). Niobe se convirtió en piedra debido al dolor (ver Níobe).

Apolo tuvo que hacer penitencia por sus actos de violencia y hubo de ponerse al servicio de un mortal. Durante su tarea como esclavo, entre otras cosas construyó los muros de Troya junto al dios del mar, Poseidón. Según otras versiones hizo este trabajo por dinero, pero el rey troyano Laomedón se negó a pagarle.

Durante la Guerra de Troya, Apolo fue el más fanático y temido de los seguidores troyanos entre las divinidades. Causó la epidemia de Plaga entre los griegos cuando éstos secuestraron a la hija de uno de sus sacerdotes. De acuerdo a ciertas versiones, Apolo fue responsable de la muerte de Aquiles, el héroe griego, que perdió la vida cuando una de las flechas de Paris le alcanzó el ta­lón. Podría haber sido el propio Apolo el que hubiese hecho acertar a un arquero medio como aquel en la parte más vulnerable de su cuerpo. Apolo les aseguró dones proféticos a Heleno y Casandra, los hijos del rey troyano Príamo. Pero como Casandra le rechazó como amante, Apolo no la dejó disfrutar de su don de predecir el futuro e hizo que nadie la creyese, aunque siempre acer­taba.

Casandra no fue la única mujer que le rechazó, pues lo mismo hizo la ninfa Dafne. Eros, ofendido ante el desprecio de Apolo, se vengó haciendo que se enamorase de Dafne que, desesperada, huyó con el volup­tuoso dios. Cuando estaba muy cerca de atraparla, ella rogó que la liberasen del cuerpo que había despertado su deseo y la convirtiera en arbusto de laurel (ver Daphne). Apolo tuvo más fortuna con los muchachos. Su relación con el atractivo Jacinto fue trágica, no obstante, ya que Apolo le mató accidentalmente al arrojar un disco (ver Jacinto).

A pesar de todo, Apolo llegó a tener descendencia y el hijo que concibió con la princesa Coronis, llamado Asclepio, se convirtió en el dios de la Medicina. Asclepio no llegó al mundo de una manera convencional, pues cuando la princesa engañó a Apolo, Artemisa decidió matarla. Fue el propio Apolo, o quizá Hermes, el que rescató el cuerpo de Asclepio del vientre de su madre que yacía muerta.

Un aspecto importante del dios Apolo es el poder que tenía su don para el arte y la música. Con su capacidad creativa lideraba a las nueve musas, deidades que tutelaban las artes y las ciencias. Apolo inventó la cí­tara, un instrumento de origen griego, reco­nocido como antecesor del laúd y de la guitarra. Pero su favorito era el arpa y es con el que aparece en casi todas sus representaciones, a pesar de no ser invención suya, sino un regalo de Hermes después de robarle unas cabezas de ganado (ver Hermes). Apolo también tocaba la flauta de manera magistral. El sátiro Marsias, que pensaba que sabía tocar mejor que el dios, se atrevió a retarlo y sufrió una humillante derrota ante él, que acabó además desollándole vivo. El rey frigio Midas también sufrió reacciones de Apolo cuando intentó criticar su capacidad musical y compararse con él. Después de oír al dios Pan tocar Su lengüeta y a Apolo con su arpa, y mostrarse en de­sacuerdo con la opinión mayoritaria que prefería la música de Apolo, el dios, irritado, lo castigó poniéndole orejas de burro.

Como Apolo daba a los oráculos sus predicciones, se convirtió en fuente de inspiración para poetas, cantantes y músicos que tocaban los instrumentos que él había crea­do. El dios griego se introdujo en la cultura romana como uno de los símbolos más im­portantes de la admiración e imitación que suscitaba todo lo griego. El primer emperador romano, Augusto, le dedicó un templo en el año 28 a.C. en la colina del Palatino, en el mismo corazón de Roma, para demostrar que también él, como máximo dirigente del Imperio Romano, estaba extendiendo su civilización por todo el mundo.

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