Relato las gemelas

Esta semana con tantas vacaciones no he tenido mucho tiempo para actualizar el blog. Hoy os traigo un relato corto mio qué espero que os ponga los pelos de punta.

Si miraba dentro de sí últimamente solo podía encontrar dolor, junto con el gran vacío que había dejado la pérdida de su hermana. Tenía que ser sincera y le agradaría mucho poder compartir ese sufrimiento con otras personas, pero sus padres unos refinados nobles ingleses mantenían la firme creencia de que, si no hablaban de su hermana, de alguna manera aquel problema desaparecería.
Así que ella estaba lidiando con ese duelo a su manera. Dormía durante casi todo el día y las noches las pasaba recordando, cuando no había nadie más que la pudiese molestar.
Vagaba por aquella casa de piedra, observando sus retratos, el piano que tanto le gustaba tocar, pero sobre todo tenían un lugar especial para ellas, la biblioteca, donde habían compartido algunos de los mejores momentos de sus vidas.
Aquella noche cuando abandono su alcoba era ya entrada la madrugada, sus padres se habían acostado hacia tiempo y el servicio se retiró después de recoger la cena. El fino camisón de hilo que llevaba no la protegía del frío que hacía aquella noche. Ese verano estaba siendo realmente caluroso, pero esa noche había caído en picado la temperatura, se sentía hasta en los huesos. Era una noche sin luna y a través de las ventanas solo se adivinaba oscuridad. La vela que portaba apenas iluminaba unos pasos frente ella, tendría que andar con cuidado, quería llegar a la biblioteca y refugiarse con un libro y una suave manta.
Sintió unas leves pisadas tras ella, miro asustada hacia atrás alumbrando con la débil luz que llevaba, esperaba no haber despertado a uno de sus padres, pero no vio a nadie. Seguramente los ruidos de la noche la habían hecho imaginar unas pisadas. Siguió andando pero los pasos seguían ahí, le estaban anunciando la llegada de alguien. Si fuesen sus padres la llamarían por su nombre o dirían algo. Quien quiera que la estuviera siguiendo la quería asustar escondiéndose tras toda esa oscuridad.
Aceleró el paso, el corazón amenazaba con salirse de su joven pecho. Solo quería llegar al sitio donde se sentía segura, pero aquello que la perseguía cada vez estaba más cerca, ya no lo escuchaba tímidamente, se acercaba peligrosamente a ella acortando la distancia que les distanciaba.
Cuando por fin posó la mano sobre el picaporte de la biblioteca un aire salido de las profundidades apagó la vela, y una mano gélida toco su mejilla, automáticamente dejo caer el candelabro y salió corriendo, solo había un lugar donde podía ir, con su hermana.
Se precipitó fuera de la casa, ignorando aquella tenebrosa noche, corría tanto que parecía que sus suaves zapatillas apenas tocaban el suelo, el frío aire hacía que todo el vello de su cuerpo se erizara.

Atravesó el jardín, tropezó con algo y fue a parar directamente al suelo. Notó una presencia encima de ella. El pensamiento de que algo iba terriblemente mal, y el sentir que lo que la perseguía podía atraparla le dio fuerzas para levantarse y seguir.
Llegó a la puerta de metal que separaba el jardín del cementerio familiar y la cruzó.
El miedo atenazaba cada musculo de su cuerpo, ni si quiera notaba que llevaba todo el rostro lleno de lágrimas, empeoraban bastante su visión, pero se convenció de que nada impediría que llegase a su destino. Las ramas caídas y las piedras le estaban destrozando los pies, y el viento le susurraba cosas horribles. En cualquier otro momento andar entre muertos le habría parecido de lo más espeluznante, ahora era su salvación. Apenas se distinguían las lapidas, pero la de su hermana tenía una bonita estatua de un ángel. Cuando llegó a su altura calló arrodillada junto a ella, llorando sin control, histérica.
—Aria, Aria te necesito, algo malo me persigue, se que me quiere hacer daño, lo noto. ¡Ayúdame! Prometimos que nunca nos separaríamos, pero tú me has abandonado. —Sujetaba su cabeza con ambas manos sobre la tumba de su hermana.

La fría mano se posó en su hombro y ella acongojada por el temor se giró para enfrentar a su perseguidor.
—Tienes razón, vinimos juntas al mundo y nos iremos juntas de el. Dicen que los gemelos siempre podemos sentir el dolor del otro, pensé que al morir dejaría de sentirte, pero desde el otro lado he podido sentir el tuyo. He venido a cumplir nuestra promesa, ahora estaremos juntas para siempre.
Frente a ella su hermana fallecida la miraba con los ojos que solo los muertos poseen, pálida, casi translucida, su vestido amarillo con el que le dieron sepultura ahora desgastado y carcomido dejaba ver trozos de hueso donde los bichos habían realizado su trabajo. Hacía que se te helara la sangre con solo mirarla. Aria se acercó y le dio a su hermana el gélido abrazo de la muerte.

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