Reseña La sierva de Delos

Buenos días,

Hoy os traigo la reseña del último libro que me he leído La sierva de Delos, si te gusta la mitología es un libro que no te puedes perder.

Título: La sierva de Delos
Autor: Yolanda García, Roser A. Ochoa
Páginas:277
Género: romántica, erótica, sobrenatural
Formato: E-book y papel
ISBIN/ASIN:B06W2HCGPB
Precio: Gratis en Kindle unlimited, E-book 2,99€ Papel 13.83€
Dónde comprar: amazon

Portada:

Sinopsis:

Aeneas, Comandante ateniense, tan solo quiere regresar a casa antes de que su esposa dé a luz a su primer hijo.
Mientras, en Delos, Halia y las demás sacerdotisas se afanan en recoger a los animales y proteger el Templo de esa fuerte tormenta que se ha formado.
En el Olimpo, Zeus y Hera, padres de todos los dioses, cruzan una apuesta y se disponen a jugar una partida de ajedrez con sus peones favoritos, los humanos.
¿Tendrán Aeneas y Halia la posibilidad de dirigir sus vidas o los dioses simplemente están jugando a los dados con su futuro? ¿Son los humanos meras marionetas en manos de esos dioses caprichosos? ¿Podrán unos simples mortales escapar del juego y burlar al destino?

Adéntrate en este peligroso desafío, descubre hasta dónde están dispuestos a llegar los dioses para ganar una apuesta.

Personajes:

Halia: sierva de Delos, es una joven inocente que siempre se ha mantenido alejada de los hombres ya que es el oráculo de Delos. Hasta que un barco lleno de hombres acaba en la isla. Conocerá a Aeneas, un comandante que está deseando llegar a casa con su esposa que tiene que dar a luz a su primogénito. ¿Halia será capaz de no fijar su atención en el apuesto comandante?

Aeneas: Es un comandante valiente, enamorado de su esposa y deseando tener a su primer hijo. Pero los dioses caprichosos harán que desembarque en Delos y conozca a Halia la más bonita de las siervas de Delos.

Zeus y Hera: Son los dioses más poderosos del Olimpo. Entre ellos harán una apuesta para jugar con Halia y Aeneas. Serán sus títeres. ¿Serán capaces de resistirse o el amor será más fuerte?

Opinión personal:

Es un libro que en cuanto vi la temática dije lo tengo que leer. La mitología es una de mis pasiones. Cuando comencé a leerlo ya me enamoró. Como está relatado, conocer más sobre los caprichosos dioses, pero sobre todo la historia de amor, entre los dioses y los protagonistas. Una novela que te enganchará de principio a fin.

Conclusión:

Si te gustan las novelas románticas, con erótica y mitología está es la mezcla perfecta. No te defraudará.

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Aún no conoces el nuevo fenómeno sobrenatural que esta llegando a todos los rincones del mundo?
No se trata de hombres lobos, ni de vampiros, ni si quiera ángeles o fantasmas…
Las gárgolas viven entre nosotros, pasando desapercibidas, con un único objetivo; Salvar a la raza humana de los demonios que Hades esta liberando del mismísimo infierno. Los raptores seres que se alimentan de las emociones humanas hasta que nos dejan secos literalmente.
No trates de saber más, sé que la curiosidad te mata, pero si ellos te capturan y no tienen una gárgola cerca te mataran literalmente, así que ¡Corre! mientras tengas tiempo. Yo ya me encuentro inmersa en esta guerra entre inmortales de la que no puedo, ni quiero salir…

Primer capítulo Naga la gárgola guardiana

Lo prometido es deuda así que hoy os traigo el primer capítulo de mi nueva novela. Espero que os guste.

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PRÓLOGO

Ella no había sido madre así que no sabía lo que eran los dolores de un parto, pero debería ser algo muy parecido a lo que sentía en ese momento, ya que la destrozaba desde dentro; notaba como roían sus entrañas. Su cabeza parecía que le iba a estallar, la golpeaba un continuo martilleo y la presión tras los ojos era insoportable. Tenía las fosas nasales y la boca totalmente secas, lo que provocaba que, cada vez que intentaba tomar una bocanada de aire le ardieran como si estuvieran en carne viva. Sus labios agrietados por la falta de humedad se resquebrajaban aún más con cada movimiento y no podía hacer nada para remediarlo, ni si quiera pensaba con claridad a causa del sufrimiento.
El cuello estaba tan tenso que parecía que con solo un suave golpecito se partiría en dos. Siempre acumulaba toda la tensión en esta zona, y en ese momento parecía tenerla multiplicada por mil. El pecho subía y bajaba con dificultad, el dolor la paralizaba, tenía miedo de respirar un poco más fuerte, más de lo debido y no poder soportarlo. El corazón latía a mil por hora dando la sensación de que saldría despedido en cualquier momento. Sus piernas y brazos se estaban literalmente rompiendo en mil pedazos, los huesos parecían de mantequilla, quebrándose un poco a cada segundo que pasaba y la piel se estiraba para poder acoger lo nuevo que se estaba formando dentro de ella.
Sentía mucho frío tumbada sobre ese suelo de mármol, pero a la vez estaba segura de que la fiebre corroía todo su cuerpo y una capa de sudor perlaba cada retal de su blanquecina piel. Estaba desorientada, ¿qué le pasaba?, ¿por qué a ella?, quería preguntarle a Sárilan, que le sujetaba la cabeza entre sus piernas intentando aliviar algo del dolor que sufría. Lo intentó, pero no podía articular palabra, la voz no le salía de la garganta. Tuvo miedo de hacerle daño a ella o a los bebés cuando su cuerpo empezó a convulsionar violentamente, pero solo consiguió implorarle con la mirada que se marchara, cuando el tormento que padecía se lo permitió.
¿Dónde estaba su hermano? Cómo le extrañaba en aquel momento. Él sabría qué hacer, siempre la ayudaba. Rezó para que llegara pronto y pusiera fin a todo este calvario, o de lo contrario que cayera inconsciente para dejar de sentir, pero ninguna de las dos llegó.
La locura se estaba instalando en ella, todo aquel sufrimiento que no la abandonaba le quitaba la poca cordura que le quedaba. No sabía si habían pasado horas o días, le daba igual, solo quería morir para que todo aquello llegara a su fin. Seguía sin poder moverse mientras su cuerpo seguía transformándose.
Cuando pareció que el dolor amainaba se quedó inconsciente y dio a Dios gracias porque no podía soportarlo más.

CAPÍTULO I

Después de todo el derramamiento de sangre de ese día, todos necesitaban unas merecidas vacaciones.

Marius volvía de la muerte, se había convertido en un muerto en vida durante todos los meses que había estado alejado de su familia. Se marchó de casa meses atrás destrozado, por el sentimiento de culpa tras haber perdido a la mujer que amaba. Ahora, que por fin la había recuperado, solo quería disfrutar de ella el mayor tiempo posible. Es algo de lo que nunca se cansaría, de amar a ese pequeño demonio. Tenía pensado no abandonar la habitación por lo menos en un mes.
Su hermano de armas, Axel, solo llevaba unas horas separado de su mujer y ya deseaba tenerla entre sus brazos y demostrarle cuánto la había echado de menos, a ella y a los mellizos. No veía el momento de que nacieran y que se durmieran mientras los acunaba. Ahora que Marius había vuelto, su familia por fin estaría al completo.
Cormand y Silas también se habían ganado un merecido descanso. Aunque eran los más despegados de todos ellos, no dudaban en entregar la vida por su familia, aunque esta no fuera de sangre.
Akiles, Rey de las gárgolas de Grecia, estaba ansioso de estrechar a su hermana pequeña entre sus brazos y ver que estaba bien. Cada vez que se encontraban tan cerca de la muerte y pensaba en poder perderla… se volvía loco. Desde que fallecieron sus padres, años atrás a manos de los raptores, no sabía qué haría si algo le sucediese. Por ese motivo era tan sobreprotector con ella, aunque sabía que la estaba privando de muchas cosas y que ella en ocasiones sufría… pero lo hacía por su bien, y cuando creciera, lo entendería. Era su única familia de sangre, y por ella sería capaz de bajar al mismísimo infierno para arrancarla de las garras de Hades, si con eso la pudiera recuperar.
El sol ya despuntaba cuando aparcaron el Knight XV blindado frente a la casa, un coche perfecto para una noche de guerra como la que habían vivido. Uno a uno fueron bajando del vehículo, y aunque eran tan distintos en ese momento, todos tenían algo en común, el cansancio que se marcaba en sus rostros.

Akiles fue el primero en cruzar el umbral con los ojos brillantes de emoción esperando encontrarse con su hermana y con Sárilan, que saldrían a recibirlos en cuanto oyeran el motor. Seguramente no habrían podido pegar ojo en toda la noche, esperando que su familia volviera ilesa a casa.
Le sorprendió que ninguna de las dos estuviera allí. La preocupación empezó a crecer en él. «No, no les podía haber pasado nada, seguramente se habían quedado dormidas de tanto esperar» pensó Akiles un poco alterado.
Intentó tranquilizarse en vano. Los nervios de los últimos días habían hecho mella en todos ellos. Caminó rápidamente hacia el salón, esperando encontrarlas en los sillones dormidas; el resto le seguía de cerca, también algo confusos y preocupados. Cuando llegó a la entrada, su cuerpo se quedó petrificado y Axel chocó contra él, pues éste no había visto que se detenía hasta que fue muy tarde. Iba bromeando sobre algo con Marius, ya que intentaba que su amigo no se fijara en que su mujer no estaba recibiéndoles.
—Hermano ¿qué haces ahí en medio? Quiero ir a abrazar a mi mujer. Luego, si quieres, te abrazaré a ti —bromeó Axel abrazando a Akiles por detrás.
Pero Akiles no contestó. Axel dudó que realmente le estuviera escuchando, su amigo iba perdiendo el color por segundos. Axel al ver que no reaccionaba y preocupado de que le hubiera pasado algo a las mujeres, le empujó y entró en el salón como si de un miura se tratará.
—¡Dios mío! ¿Qué demonios…? —Axel no creía lo que veían sus ojos.
Al oír esto y ver su expresión, el resto entraron corriendo en la estancia y se quedaron todos igual de paralizados. Sárilan estaba en el suelo con una Scailar inconsciente en su regazo. La hermana pequeña de Akiles, tal y como la habían conocido se había marchado. Ahora, en su lugar había una Naga. Sárilan derramaba lágrimas por sus blancas mejillas, Axel reaccionó al ver a su mujer en aquel estado y saliendo de su estupefacción fue a abrazarla para darle consuelo.
—No te preocupes mi amor, ya pasó, estamos todos aquí contigo —Le acariciaba el pelo mientras besaba por todo su rostro.
—No sé qué le ha pasado… ha sufrido tanto… El dolor la estaba destrozando, no podía ni gritar, pero yo, se lo veía en su rostro y en cómo se convulsionaba su cuerpo —Su marido la estrechó más fuertemente, intentando absorber algo de su miedo y dolor—. Yo no podía hacer nada para ayudarla, nada. Cuando todo terminó, pensé que por fin, descansaba. Estaba inconsciente y yo pude respirar cuando la toqué y localicé su débil pulso. Pero luego… se transformó… —Señaló su cuerpo que se veía tan hermoso, a la vez que mortífero.
Sus piernas habían desaparecido y habían sido reemplazadas por una hermosa cola de escamas verdes y doradas, que culminaba bajo su ombligo donde ahora tenía una pequeña armadura plateada con joyas incrustadas, dejando su vientre plano al aire. Sus turgentes pechos estaban protegidos con una armadura decorada igual que la inferior. Sus largos cabellos rubios y rizados ahora estaban reposando sobre sus brazos, y dos trenzas enmarcaban su bello rostro. Su cabeza tenía una corona de plata con una piedra morada y en sus manos reposaban dos espadas Thega, las espadas hindús del sacrificio, pero lo que más llamaba la atención de ella era el aura floral que emanaba de su cuerpo.
—Lo que has vivido es la transformación que los de nuestra especie sufrimos para convertirnos en guerreros del ejército de las gárgolas. Scailar ahora es una Naga —dijo Marius abrazando a su mujer por la espalda, que admiraba maravillada el cambio de Scailar.
—¡Gracias a Dios! Pensé que se moría hasta que la vi cambiar —Se enjuagó las lágrimas—. ¿Qué es una Naga?
—Sárilan, una Naga es un semidiós, mitad mujer, mitad serpiente. Las Nagas tienen un gran encanto, cualidad que las hace muy poderosas sin necesidad de recurrir a la violencia. Son enormemente inteligentes, sabias y pacientes. Prueba de ello es que son capaces de pasar horas inmóviles vigilando a un enemigo. Además, descansan en un estado semiconsciente por lo que difícilmente pueden ser sorprendidas. Poseen magia, aunque prefieren no usarla. Existen tres tipos de Nagas; Scailar es una guardiana y menos mal… son de naturaleza noble, por lo que suele avisar a los intrusos e incluso los entierran después de la batalla. Son capaces de escupir veneno y matar con él, aunque también pueden usar la mordedura y la constricción —le explicó Axel a su esposa—Si hubiera sido una Naga espíritu estaríamos bien jodidos, esas son perversas y atacan sin miramientos a cualquier persona, aunque sea un ser querido… además paralizan con la mirada, así que tenemos que dar gracias por ello.
—Me has dejado de piedra, ¿cómo sabes tanto sobre esto? —dijo Sárilan sorprendida.
—Desde que era niño me ha gustado la mitología y he leído mucho sobre ello, tengo trescientos años, imagina todo lo que me ha dado tiempo a aprender —Su mujer le sonrió encantada.
—Bueno, parece que son buenas noticias. ¿Por qué tenéis todos esos caretos entonces? —los miró uno a uno—. Tendréis una gran guerrera a vuestro lado.
—El problema es que nunca ha existido una mujer guerrera en las filas de las gárgolas… —Fue Akiles quien dijo lo que nadie quería pronunciar en alto—. Es señal de que algo muy malo se avecina —Y se agachó junto a su hermana para abrazarla.

Apolo dios griego

Hoy os traigo otro de los dioses más importantes griegos y que sale en mi próxima novela para que le vayáis conociendo un poco más.

Apolo

Apolo, también conocido como Phoebus Apollo (Febo Apolo), fue uno de los dioses griegos más importantes. Pertenecía al grupo de los 12 dioses que habitaban en el Olimpo junto a Zeus. Apolo, hijo de Este y de Leto, era entre otras cosas el dios del arte de la adivinación, de las artes -la música, sobre todo- y la arquería. También era el dios de la luz ligada al sol (Phoebus, Febo o foibos significa «brillante»). Con sus flechas era capaz de causar enfermedades infecciosas, aunque también era capaz de curar, por lo que se le conocía como «el que ataca de lejos». Esta naturaleza dual también se reflejaba en el hecho de que fuese la deidad de los pastores que guardaban el ga­nado y asimismo se le identificase con su gran enemigo el lobo.

Leto dio a luz a Apolo y a su hermana melliza Artemisa, diosa de la caza, en la isla de Delos, donde se había refugiado de la ira de Hera, la esposa de Zeus (ver Hera). Apolo se hizo adulto muy rápido y se trasladó a Delfos, en la península griega donde habitaba la serpiente gigante Pitón en una grieta de la superficie. Pitón era hermana de Gaya, la diosa de la tierra. Tiempo atrás se había enemistado con Leto y había intentado evitar el nacimiento de Apolo y Artemisa. Apolo acabó con el monstruo «con mil flechas», según cuenta el poeta Ovidio en su obra. Aunque tuvo que hacer penitencia por el pecado de haber acabado con la serpiente divina, se le permitió fijar su oráculo donde antes había estado Pitón. El oráculo de Delfos, relacionado con los santuarios de Apolo y situado según los griegos en el ombligo de lo que era la tumba de Pitón (el centro del mundo), mantiene una extraordinaria reputación desde la Antigüedad. No sólo existía en la mitología, sino que realmente también se podía visitar y de hecho mucha gente lo consultaba. La sacerdotisa Pitia (de Pitón) daba respuestas sentada en un taburete de tres patas sobre la grieta en la tierra en la que estuvo la serpiente gigante y a través de la cual obtenía las respuestas susurradas por Apolo. Este oráculo lingüístico era oscuro y se podía interpretar de muchas formas, lo que le dio con el tiempo su fama de ser infalible. De acuerdo con el pensamiento moderno, Pitia pudo sucumbir a los humos tóxicos que emanaban de las profundidades y que confundían sus ideas hasta hacer de su habla un ruido ininteligible. Sus términos eran un tesoro que se interpretaban como una predicción útil para la gente.

Después de matar a Pitón, Apolo acabó con muchos más seres valiéndose de sus flechas. Con su hermana Artemisa acabó con el gigante Titio, que había tratado de violar a su madre. Este acto no fue reprendido por Zeus. Titio fue condenado a sufrir eterna tortura en el Tártaro, la zona más lúgubre del mundo de los muertos.

Niobe también fue víctima de la venganza de Apolo y Artemisa. Era la esposa de Anfión, rey de Tebas, y tenía siete hijos y siete hijas. Ella presumía de ser más fértil que Leto e incluso, llevada por su orgullo, consideró innecesario hacer sacrificios por la diosa. Niobe sufrió un castigo ejemplar por su arrogancia. Apolo mató a sus siete hijos con sus flechas y Artemisa hizo lo mismo con sus hijas. Cuando su hija más joven, Cloris, se abrazó a su madre agonizando, Niobe pidió clemencia para que la dejasen viva, pero todo fue en vano, pues aún se disparó una flecha más para rematarla. Según algunas versiones, sin embargo, Cloris salvó su vida (ver Cloris). Niobe se convirtió en piedra debido al dolor (ver Níobe).

Apolo tuvo que hacer penitencia por sus actos de violencia y hubo de ponerse al servicio de un mortal. Durante su tarea como esclavo, entre otras cosas construyó los muros de Troya junto al dios del mar, Poseidón. Según otras versiones hizo este trabajo por dinero, pero el rey troyano Laomedón se negó a pagarle.

Durante la Guerra de Troya, Apolo fue el más fanático y temido de los seguidores troyanos entre las divinidades. Causó la epidemia de Plaga entre los griegos cuando éstos secuestraron a la hija de uno de sus sacerdotes. De acuerdo a ciertas versiones, Apolo fue responsable de la muerte de Aquiles, el héroe griego, que perdió la vida cuando una de las flechas de Paris le alcanzó el ta­lón. Podría haber sido el propio Apolo el que hubiese hecho acertar a un arquero medio como aquel en la parte más vulnerable de su cuerpo. Apolo les aseguró dones proféticos a Heleno y Casandra, los hijos del rey troyano Príamo. Pero como Casandra le rechazó como amante, Apolo no la dejó disfrutar de su don de predecir el futuro e hizo que nadie la creyese, aunque siempre acer­taba.

Casandra no fue la única mujer que le rechazó, pues lo mismo hizo la ninfa Dafne. Eros, ofendido ante el desprecio de Apolo, se vengó haciendo que se enamorase de Dafne que, desesperada, huyó con el volup­tuoso dios. Cuando estaba muy cerca de atraparla, ella rogó que la liberasen del cuerpo que había despertado su deseo y la convirtiera en arbusto de laurel (ver Daphne). Apolo tuvo más fortuna con los muchachos. Su relación con el atractivo Jacinto fue trágica, no obstante, ya que Apolo le mató accidentalmente al arrojar un disco (ver Jacinto).

A pesar de todo, Apolo llegó a tener descendencia y el hijo que concibió con la princesa Coronis, llamado Asclepio, se convirtió en el dios de la Medicina. Asclepio no llegó al mundo de una manera convencional, pues cuando la princesa engañó a Apolo, Artemisa decidió matarla. Fue el propio Apolo, o quizá Hermes, el que rescató el cuerpo de Asclepio del vientre de su madre que yacía muerta.

Un aspecto importante del dios Apolo es el poder que tenía su don para el arte y la música. Con su capacidad creativa lideraba a las nueve musas, deidades que tutelaban las artes y las ciencias. Apolo inventó la cí­tara, un instrumento de origen griego, reco­nocido como antecesor del laúd y de la guitarra. Pero su favorito era el arpa y es con el que aparece en casi todas sus representaciones, a pesar de no ser invención suya, sino un regalo de Hermes después de robarle unas cabezas de ganado (ver Hermes). Apolo también tocaba la flauta de manera magistral. El sátiro Marsias, que pensaba que sabía tocar mejor que el dios, se atrevió a retarlo y sufrió una humillante derrota ante él, que acabó además desollándole vivo. El rey frigio Midas también sufrió reacciones de Apolo cuando intentó criticar su capacidad musical y compararse con él. Después de oír al dios Pan tocar Su lengüeta y a Apolo con su arpa, y mostrarse en de­sacuerdo con la opinión mayoritaria que prefería la música de Apolo, el dios, irritado, lo castigó poniéndole orejas de burro.

Como Apolo daba a los oráculos sus predicciones, se convirtió en fuente de inspiración para poetas, cantantes y músicos que tocaban los instrumentos que él había crea­do. El dios griego se introdujo en la cultura romana como uno de los símbolos más im­portantes de la admiración e imitación que suscitaba todo lo griego. El primer emperador romano, Augusto, le dedicó un templo en el año 28 a.C. en la colina del Palatino, en el mismo corazón de Roma, para demostrar que también él, como máximo dirigente del Imperio Romano, estaba extendiendo su civilización por todo el mundo.

1° Capítulo de mi libro El guardián de la muerte.

Hoy os traigo el primer capítulo de mi novela El guardián de la muerte. Espero que lo disfrutéis.

CAPÍTULO I

Melisa corría girando constantemente la cabeza para mirar quien la estaba siguiendo, pero por más que lo intentaba, no conseguía verlo. Lo que la estuviera acechando se escondía entre las sombras que se proyectaban en la calle.

Al salir del tranvía notó que alguien la seguía mirando. Melisa pensó que eso podría ser algo muy normal, si no fuera porque era el último tren de la noche y el vagón iba vacío, solamente viajaba ella. Había decidido no darle importancia, una idea que se esfumó en cuanto notó unos pasos detrás de ella, se oían cada vez más cerca y más rápidos. Cuando se giró y no vio a nadie, su instinto le gritó «¡Corre!», y eso fue lo que hizo.

Solo unos metros la separaban del edificio donde vivía. No podía evitar volver la cabeza para ver a su perseguidor, aunque sabía que eso no la salvaría, hacer eso fue un error porque no vio el obstáculo que tenía delante, tropezó y cayó al suelo, golpeándose fuertemente en una rodilla. El dolor estalló desde ese punto y le recorrió toda la pierna, se mordió el labio fuertemente para ahogar un grito.

La manía de llevar siempre el bolso abierto le había pasado factura, se había esparcido todo su contenido por el suelo.

Dio un rápido vistazo hasta que localizó las llaves, era lo único que le importaba en ese momento. Los pasos seguían ahí, solo podía oír eso y el latido de su corazón a punto de estallar dentro del pecho porque sabía que estaba justo detrás de ella. La estaba mirando, esa sensación de que unos ojos se clavan en la nuca; esta vez el miedo le impedía mirar para saber quién la perseguía. Algo le decía que no podría escapar…

Iba a morir, sola, en mitad de la calle. Este pensamiento le hizo sacar fuerzas de donde no las tenía, se levantó, intentaba correr, pero el dolor era insoportable, cojeó los últimos pasos que la separaban de su portal y abrió la puerta. Sintió algo de alivio al cerrarla tras de sí. Algo impactó fuertemente detrás de ella. No lo dudó, tenía que seguir, la puerta no le impediría entrar, no entendía el porqué, pero lo sabía, lo que se encontraba detrás de ella era algo maligno. Cogió el ascensor, dio gracias por vivir en esa zona de la ciudad donde los edificios tenían ascensores. Si no, no lo habría conseguido. El dolor de la rodilla era insoportable. Ahora se extendía hacia el muslo. «Ya llego, lo conseguiré» intentaba tranquilizarse. En su apartamento podría llamar a la policía.

Ni siquiera sabía si allí estaría a salvo, pero necesitaba llegar. Por fin el cuarto piso, donde estaba su apartamento. Cuando fue a abrir la puerta se le cayeron las llaves, «¿algo más podría salir mal…?» Las cogió y abrió en un santiamén. Con lo que le temblaban las manos le extrañó que las llaves no se resbalaran de nuevo.

Entró y cerró todos los cerrojos, vio que su gato persa se acercaba. Se arremolinó en sus piernas, dándole la bienvenida a casa. Ya se sentía más segura, o eso quería ella pensar para no venirse abajo, su respiración delataba lo nerviosa que estaba. Avanzó difícilmente hacia el teléfono. Se tocó la cara y notó que había estado llorando, con el miedo que sentía ni lo había notado. Su gato bufó detrás de ella. «Mierda, algo andaba mal, no lo iba a conseguir» se giró y el animal estaba todo erizado. Entonces lo vio, nunca había visto nada igual, la puerta seguía cerrada, era imposible. No pudo hacer nada más que gritar, y el sonido que brotó de su garganta podría haber helado el mismísimo infierno.

El cadáver fue hallado por la hermana de la víctima. Fue a recogerla para ir a desayunar, era un ritual que hacían cada mañana.

La hermana muy afectada relató que nada más llegar ya notó algo raro. El gato de su hermana no paraba de maullar, pero no era el típico ruido que hace un felino cuando tiene hambre. «El sonido que hacía era horrible», llamó varias veces y golpeó la puerta sin obtener respuesta. Estaba segura de que algo pasaba. Desesperada y asustada volvió a su apartamento a solo un par de manzanas de allí. Guardaba una copia de las llaves del piso de su hermana, se las había dado para «emergencias», y algo la decía que esto realmente lo era.

Era el tercer cadáver que aparecía en aquellas misteriosas circunstancias. Cada uno de ellos poseía las mismas monstruosas características: piel excesivamente pálida y translúcida como el papel de calco, se les marcaban todos los músculos, los pómulos, y los ojos parecían que salían de sus órbitas, era como si les hubieran absorbido la vida literalmente. No mostraban fotos de las víctimas en el noticiario, pero la periodista pelirroja del informativo de las diez daba demasiados detalles, no para su gusto claro, pero seguro que eso ponía nerviosa a la gente y por consiguiente seria amonestada y es posible que no le durara mucho el trabajo.

Según lo que iba explicando lo que más llamaba la atención de los fallecidos no era ni su piel, ni su cuerpo carente de vida… era la cara de terror que mantenían incluso después de dejarse llevar por la muerte. La última víctima la habían encontrado en la calle Bourbon del famoso barrio francés de Nueva Orleans. Lo había hallado un grupo de turistas japoneses que estaban sacando fotos, cuando uno de ellos se despistó entrando en un callejón y tropezó con el cuerpo directamente. Estaba seguro de que ese japonés no podría olvidar nunca ese viaje.

*****

Marius pasó la mano por su corto cabello. La verdad es que después de tanto tiempo llevándolo tan largo pensaba que lo echaría de menos, pero no era así, ya no tenía tiempo ni ganas de preocuparse de ese tipo de cosas tan banales. En la televisión relataban que al parecer el asesino en serie utilizaba algún tipo de magia vudú, cosas para llamar la atención de la gente y conseguir adeptos que siguieran las noticias, ya que la gente que ve este tipo de programas suele ser bastante escéptica.

Pero él sabía que realmente esto se trataba de tema de raptores y por eso tendría que ir a ponerle remedio. Lo que no sabía es por qué estaban siendo tan descuidados, no era esa su forma habitual de actuar. ¿Realmente querían llamar la atención? Siempre intentaban camuflar sus crímenes.

Puede que se tratara de un recién nacido no controlado o que realmente deseara morir. Y en ese caso, él estaría contento de complacerlo. Si los humanos descubrieran la existencia de las dos especies serían perseguidos hasta el confín del mundo. Para ellos se trataría de monstruos y es algo que querrían destruir, por lo tanto, era un asunto que ninguno de ellos se podía permitir.

Sabía que su siguiente destino era Nueva Orleans. Viajaba ligero de equipaje y se quedaba poco tiempo en cada ciudad, por lo que no se molestaba en tener una casa fija. Se conformaba con cualquier hotel de carretera. Con tal de que tuviera cama y una ducha era suficiente. No necesitaba nada más. Solo quería matar raptores o morir en el intento. Tenían que pagar por la muerte de ella… y lo haría gustoso.

El guardián de piedra 1° Capítulo

Buenas tardes, hoy quiero compartir con vosotros el primer capítulo de mi novela romantica sobrenatural el guardián de piedra. Espero que lo disfrutéis.

Prólogo

La leyenda dice que todo comenzó hace mucho, mucho tiempo, casi en el comienzo de todo. Hades y Laya, aunque habían nacido como dioses, crecían como cualquiera de nuestros hijos, estudiaban, jugaban, hacían travesuras y se divertían mucho juntos. A Laya le gustaba imaginar que sus muñecas eran humanas y que ella era la diosa a la que veneraban, en cambio Hades como buen chico que era, le gustaba pensar que cuando creciera le sería otorgado el poder para ser el dios de la guerra.
—¡Cuando sea el dios de la guerra dirigiré a todos tus humanos y tú serás mi reina! —decía él sacando su pequeño pecho para parecer mayor delante de su amiga.
—¡De eso nada! Los Humanos no lucharan cuando yo sea su diosa, y por supuesto que no me casaré contigo, no me pienso casar, ja, ja, ja.
Los años pasaron y llego el día en que les otorgarían sus poderes, pero al menos para uno de ellos los planes no saldrían como llevaba toda la vida planeando. A Laya le fue otorgado el título de diosa de los humanos, suyo sería el deber de protegerlos. Ella había sido preparada para ocupar ese puesto desde que tenía uso de razón.

Ahora era el turno de su amigo. Hades ansioso recibió la mala noticia de que sería el nuevo dios del inframundo, dedicado a guardar en el infierno las almas humanas más despiadadas y crueles que hayan existido.
—¡No! ¡Tiene que ser un error, yo no puedo ser exiliado en el purgatorio! —Su cabeza no paraba de girar, todo lo que llevaba planeando durante años, gobernar la humanidad, Laya estaría a su lado… él la amaba, en su edad adulta no se lo había dicho, pero ella seguro que lo sabía, ¿o no?
—¡Cómo osas desafiarme! —gritó Zeus y retumbo cada pilar del Olimpo.
Sabía que se tenía que calmar, si no refrenaba sus palabras el dios podría descargar sobre él toda su furia atronadora.
—No mi señor, disculpad. Haré como gustes. Si me disculpáis —Y con una reverencia abandono el salón de actos y dejo a los demás celebrando su dichoso día.
Laya en cuanto pudo se escapó y acudió a sus aposentos, sabía que su amigo necesitaba un hombro donde desahogarse.

Ambos sabían que ese día llegaría, siempre había sido una persona ávida de poder, pero en los últimos años había empeorado… se había vuelto más violento frente al resto de dioses, y puede ser que eso fuese lo que había hecho cambiar de opinión al rey de los dioses.
—¿Puedo pasar? —dijo tocando con los nudillos la puerta de cristal opaco.
—Siempre, ya lo sabes. —Estaba recogiendo sus cosas.
No levanto la vista para mirarla, lo que indicaba que la situación estaba peor de lo que pensaba.
—Lo siento Hades, sé lo importante que es esto era para ti. —Acarició su fuerte brazo. Daría cualquier cosa por poder absorber parte de ese dolor que sabía que sentía.
—No te preocupes, tú dirigirás a los vivos y yo a los muertos —Soltó una carcajada, no le gustaba que ella se preocupará. Ella siempre sería su talón de Aquiles—. Espero que te guste el calor, porque según tengo entendido allí es sofocante. ¿Cuánto tardaras en estar lista? —Pasó un minuto, otro y al no tener respuesta levantó la mirada hacia ella—. ¿Qué te ocurre?

—Yo, yo no voy a ir Hades, eres mi amigo y te quiero, pero no quiero pasar la eternidad entre las paredes del infierno. —Se echó a llorar porque sabía que le estaba partiendo el corazón.
—Pero y ¿qué pasa con lo de siempre juntos?, yo te amo Laya, ¿cómo puedes abandonarme? —La cogió fuertemente por ambos brazos y la zarandeo—. ¡Contesta!
—¡Porque yo no te amo! —mintió.
En ese momento Hades petrificado parecía tocado por el beso de Medusa, la miro con odio y segundos después desapareció del Olimpo.
Un Hades despechado por el deshonor recibido por parte del rey de los dioses, y menospreciado por la mujer amada, ideo un plan de venganza. «¿Y de qué manera se puede hacer más daño a un dios?» pensó. «Con sus queridos humanos, sin duda».
Fue seleccionando a los más crueles asesinos entre los humanos, y pacto con ellos, «en el momento de tu muerte si te consagras a mí, te devolveré a la vida, es más, serás inmortal, a cambio tendrás que estar a mis órdenes y matar sin misericordia para llenar el infierno con sus almas» fue el pacto que les ofreció.

Todos los asesinos estaban satisfechos de morir, ninguno quería esperar a que la muerte llegara buscarlos. Ellos mismos se despojaban de su vida mortal, de esa manera estaban a su servicio y podían dar rienda suelta a sus atroces mentes. Les había bendecido con varios dones, serían fuertes y no morirían siempre que se alimentaran de las emociones humanas. Serían rápidos, fuerza sobre humana, y hermosura para engatusar a sus víctimas.
Cuando Laya se enteró de lo que estaba ocurriendo, desesperada por no saber qué hacer, le pidió consejo al rey de los dioses, Zeus. Necesitaba ayuda, no sabía cómo detener algo así, le superaba. «Hija yo no puedo intervenir ahora los dos sois dioses, pero deberías defender a tus hijos los humanos, ellos te rezan cada noche y piden tu protección, no les dejes desamparados». Y así hizo ella. Pensó en varias opciones hasta que eligió una con la que realmente poder hacer frente a los seres que Hades había creado. Creo un ejército de Gárgolas, esos maravillosos y fuertes seres mitológicos, para poder combatir a los raptores, los asesinos de Hades.

Zeus viendo lo que esos dos dioses habían provocado los convocó en el Olimpo. Sin hacer esperar al dios aparecieron delante de él en el salón del trono, en el Olimpo. Se miraron el uno al otro con desprecio en la mirada.
—Ahora mismo me da igual vuestra rivalidad. Estáis aquí porque los dos sois dioses y habéis decidido crear una guerra en la tierra, donde viven mis amados humanos. Y aunque soy el rey de todos vosotros, hay cosas en las que no puedo intervenir. Los dos sois conocedores de ello, de no ser así, hoy no estaríamos aquí. Pero lo que sí puedo y voy a hacer es poner una serie de reglas, que más os vale cumplir, porque no tengo tiempo, ni paciencia para más tonterías. ¿He sido suficientemente claro? —Asintieron—. Primera regla y la más importante, los humanos a parte de los que Hades convierta o si alguno lo descubre por accidente… no sabrán de la existencia de ambos ejércitos, no tienen la culpa de tener a dos dioses caprichosos jugando con ellos. Segunda, cada uno de vuestros ejércitos tendrá una debilidad, para hacer el asunto más justo.
—Padre…

—No me interrumpas —Sonó un trueno fuera y Laya cerró la boca al instante— Tú Hades que tanto buscaste dañarme a través de los humanos y que tanto te gusta la guerra, limitaré tu radio de acción al manto nocturno. Si tus raptores ven la luz del sol morirán y su alma negra no podrá volver a ser resucitada. —Hades hizo ademán de pronunciar palabra, pero el dios levantó una ceja, y automáticamente se le quitaron las ganas— Laya, puesto que mentiste a Hades sobre lo de que no le amabas, dañándole sobremanera… y creo que eso ha motivado todo esto. Te impongo la siguiente debilidad para los tuyos, y por consiguiente para ti.
Si una gárgola no encuentra el amor verdadero cuando cumpla los trescientos años, y este es correspondido mediante el ritual de la diosa Afrodita, se convertirán en piedra, pero no morirán, vivirán y sufrirán por toda la eternidad.
Hades odiaba más que nunca a Laya por lo que había descubierto ese día y ella sufría por ello. Pero la guerra había comenzado y como dice el refrán «En el amor y en la guerra todo vale».

CAPÍTULO I

—¡Qué calor, es realmente asfixiante! —Se quejó Amanda sentada a su lado.
—No se pueden fiar del tiempo, aquí en Grecia cambia como el humor de los dioses—dijo el taxista tomando el pelo a mi hermana.
Y se enfrascaron en una conversación que a mí poco me importaba en ese momento. Después de tres horas y media de viaje surcando los cielos por fin me encontraba en la fascinante Grecia, para ser más precisos en Atenas.
Era el primer viaje que realizaba en su vida adulta y quien mejor para compartir algo así que con su mejor amiga, su hermana. La miro, la quería con toda su alma, aunque no fueran hermanas reales para ella eran más que eso. Ella fue entregada en un orfanato siendo un bebé, pero los padres de Amanda la adoptaron con ya diez años cumplidos, cosa extraña ya que las personas nunca quieren niños con edad tan avanzada. La criaron y amaron como si fuese hija suya.

Cuando eran niñas, Amanda y ella discutían mucho, cosas de hermanas, pero ya en la adolescencia se convirtieron en las mejores amigas y confidentes. Ahora que faltaban sus amados padres estaban aún más unidas, si eso era posible. Era un viaje que seguramente a la vuelta le trajera más de un dolor de cabeza, ya que había usado los pocos ahorros que tenía para hacerlo, y su sueldo como administrativa no daba para mucho, pero lo merecía, las dos lo merecían.
El taxi se paró frente de su hotel y entonces comprendió que cada euro invertido y más, había valido la pena. El hotel estaba situado en Kolonaki, la zona más exclusiva de Atenas, pero realmente eso no era lo que le importaba, lo que la tenía totalmente hipnotizada eran las vistas a la Acrópolis. Que por su puesto sería su primera visita al día siguiente.
Amanda pagó al taxista, que se despidió diciendo algo así como cuidado con que no os robe un dios griego… Su hermana siempre tenía ese efecto en los hombres, intentaban ligar con ella con las frases más inverosímiles. Se miraron, y se rieron.
—¿Preparada para el viaje de nuestra vida hermanita? —preguntó Amanda ofreciendo su mano.

—¡Contigo al fin del mundo! —Cogió su mano y entraron al hotel.


Esa noche era realmente asfixiante, una de esas en las que te apetecería quedarte bajo un chorro de agua helada durante horas. Pero eso era para los mortales… él y sus compañeros tenían una misión cada noche, que era exterminar a los asesinos que robaban almas humanas para enviarlas directamente al inframundo. Sí, tenía que admitirlo, realmente le gustaba su trabajo y anhelaba que llegara cada noche para llevarlo a cabo.
Repasó que llevará todo lo que necesitaría está noche; dagas afiladas ceñidas a ambos muslos por fundas de cuero, y por su puesto su mejor aliado en la lucha, su preciado Chakram un arma circular y muy afilada, diseñada para ser lanzada como un búmeran y degollar a varios asesinos a la vez. Pero lo que realmente le satisfacía si no había humanos alrededor que le pudieran descubrir, era completar su trasformación y destruirlos con sus propias garras.
—Bueno, presumido, nos gustaría salir está noche antes de que los raptores devoren todo Atenas —dijo Marius entrando en la habitación con esa media sonrisa que le caracterizaba.

Marius era el más joven de todos sus compañeros y uno de los que más éxito tenía entre las mujeres; con su pelo rojo sangre que le caía liso hasta la mitad de la espalda, y lo tenía realmente muy bien cuidado, su mirada era penetrante, de un verde esmeralda, y su perturbadora sonrisa, hacía que se giraran todas las féminas sin importar su edad, cuando se cruzaba en su camino.
—Claro, feo. ¿No preferirías quedarte en casa para que no aparten la mirada cuando te vean? —Le contestó con una carcajada. Le encantaba meterse con él.
—No seas envidioso hermanito, o no te dejaré salir a jugar —Levanto su ceja pelirroja.
Se llevaban muy bien, tanto que parecía que fueran hermanos de sangre y no solo de causa. Marius le había ayudado mucho en el pasado, cuando atravesó los momentos más duros de su vida, aun cuando resulte difícil creer que una persona que ha tenido una vida de caprichos y facilidades, sea capaz de consolar a alguien de esa manera.
Por fin salieron y se reunieron en la entrada con el resto del ejército, impacientes ya por la espera, y los cinco se pusieron en marcha. Sería una noche muy, muy larga… como todas.

Después de algunas horas deambulando por la ciudad, encontraron a unos turistas que estaban siendo sitiados por unos raptores en un oscuro callejón. Eran sus favoritos; los elegían porque nadie los echaba en falta hasta pasados varios días, se deshacían de los cuerpos y simplemente serían unos desaparecidos más en los informes policiales. Habían aniquilado a esos malditos, y sin hacerse ni un rasguño. Eso era lo que él llamaba una noche de ensueño.
Cuando terminaron con el trabajo, sus hermanos se cambiaron de ropa, porque después de la trasformación poca era la que se podía reutilizar. Por suerte, no tenían problemas económicos y podían reponerla más rápido de lo que la perdían. Terminaron en el «garito» de siempre, tomando unos tragos e intentando conseguir una hembra; toda una rutina.
Axel no había ido con ellos. Ni falta que le hacía, pues conocía demasiado bien las costumbres de sus compañeros. Volvió a casa, se dio una buena ducha y se fue a descansar. Quería levantarse pronto al día siguiente; tenía que reponer el fondo de armario y quería disfrutar un poco de la luz del sol. Existir únicamente de noche no se le podía llamar vida…

Además, era cuando más tranquilo iba, ya que sus grandes enemigos no podrían salir hasta que se ocultara el sol, ya que era parte de su maldición.
Esa también se había convertido en su rutina. Ya no le apetecía tomar copas, y menos buscar una compañera. Si fuese una humana, ¿cómo la podría enamorar en tan poco tiempo? Es más, ¿cómo podría ella enamorarse de una… bestia? Y con las hembras de su especie era peor aún; no solo porque prácticamente se habían extinguido, sino también porque las pocas que quedaban ya estaban emparejadas. Los raptores se dedicaban a matarlas, en primer lugar, para que no perpetuaran la especie y, en segundo lugar, por sus sentimientos antes de morir. Cuando una hembra de gárgola está a punto de morir, todos los machos sentían su dolor y los raptores, al alimentarse de dichas emociones, se hacían más fuertes. Por eso ya había perdido toda esperanza, lo tenía asumido. Le quedaba muy poco tiempo para descansar eternamente.
Con este último pensamiento, se quedó dormido.

HADES

Hoy os traigo otro dios griego y un personaje que aparece en mis libros. Espero que lo disfrutéis.
En la mitología griega, Hades es el guardián de los infiernos, el señor del reino bajo tierra, el rey de los muertos. Es, en consecuencia, una de las divinidades más poderosas de todo el panteón clásico, cediendo sólo poder ante su hermano Zeus. Debido a su papel de señor de los muertos, Hades rara vez abandona los infiernos para visitar la tierra, por lo que pocas veces se mezcla en los asuntos de los mortales. Sólo en las contadas ocasiones en las que algunos héroes (Odiseo, Orfeo, Eneas), tomaron la decisión de descender al reino de los muertos en sus viajes, encontramos a Hades involucrado en las grandes sagas de la mitología griega.
Hades es hijo de Crono y Rea. Crono, temeroso de correr la suerte que él mismo había dispensado a su propio progenitor, tomó la decisión de ir devorando a todos sus hijos a medida que éstos iban naciendo, de modo que ninguno de ellos pudiera desafiarle y arrebatarle el poder una vez llegado a la edad adulta. De este modo, el pequeño Hades fue engullido por el poderoso Cronos. Sin embargo, Zeus, otro de los hijos de Crono y Rea, consiguió sobrevivir gracias a un engaño de su madre, Rea, y al llegar a la edad adulta, desafió y derrotó a su padre, liberando a todos sus hermanos de las entrañas de Crono. De este modo, Hades quedó libre y se unió a su hermano Zeus en su lucha contra los titanes para hacerse con el control del mundo, la guerra conocida como la Titanomaquia. El dios Hades poseía un arma única, forjada por los cíclopes en las fraguas de las entrañas de la tierra: un casco de invisibilidad. Oculto gracias a los poderes de este artefacto, logró infligir grandes daños a sus enemigos.
Tras la victoria de Zeus, éste decidió repartir el universo con dos de sus hermanos. Eligió para sí mismo los cielos, mientras reservaba el gobierno de las aguas y los océanos a Poseidón. A Hades le correspondió el mando sobre el mundo subterráneo, lugar al que se dirigían las almas de los mortales tras su muerte. De este modo, el dios Hades se convirtió en el señor de los infiernos.

HADES Y PERSÉFONE

Como hemos señalado, Hades rara vez abandonaba su morada en los infiernos, por lo que, en comparación con otras divinidades, no son muchos los mitos en los que este dios ocupa un papel protagonista. De estos escasos mitos destaca sin duda el relativo al rapto de la que se convertiría en su consorte, Perséfone, una diosa que, a diferencia de su esposo, recibió numerosos cultos en diversos puntos del Mediterráneo.

Perséfone era hija de la diosa Deméter, patrona de la agricultura y la fertilidad. La joven, hermosa y despreocupada, se encontraba paseando y recogiendo flores por los campos de Nisa, en Sicilia, cuando el dios Hades la observó desde su trono en el reino de los muertos. Al instante, el dios, quedó prendado de la belleza de la joven y decidió convertirla en su esposa. Hades montó en su carro y se espoleó a sus caballos para dirigirse hacia os campos de Sicilia a toda velocidad. La joven Perséfone sintió cómo la tierra temblaba bajo sus pies. Frente a ella, se abrió una enorme grieta por la que surgió Hades montado en su carro tirado por caballos infernales. Antes de que Perséfone pudiera reaccionar, el dios la cargó en el vehículo y regresó con ella a su palacio subterráneo.
Al pasar los días y comprobar que su hija no regresaba a su hogar, la diosa Deméter inició un largo peregrinaje por el mundo en su busca. Pese a que consulto a todos los dioses y hombres que se cruzo en su camino, ninguno pudo darle noticia alguna del paradero de la joven Perséfone. La diosa, enfurecida por la desaparición de su hija, retiró sus favores a la tierra y la condenó de este modo a un invierno eterno. Los campos dejaron de producir frutos y los humanos comenzaron a morir de hambre.
Sólo la intervención de Zeus, que descubrió la presencia de Perséfone en el inframundo, solucionó el conflicto. Por medio de su mensajero, el dios Hermes, Zeus pidió a Hades que permitiera que la joven regresara con su madre. El astuto dios de los muertos, temeroso de una posible represalia por parte de Zeus, accedió, pero ingenió una estratagema para lograr que Perséfone siguiera junto a él. A sabiendas de que cualquiera, dios o mortal, que tomase algún alimento en el infierno tendría que permanecer en él, Hades le ofreció a Perséfone antes de su partida un grano de granada. La joven, confiada, se comió el dulce fruto y trató de regresar con su madre. Sin embargo, las leyes del infierno eran muy claras para todos aquellos que hubiesen probado algún alimento en el reino de los muertos. Perséfone estaba atada al reino subterráneo para toda la eternidad. Para evitar la cólera de Deméter, Zeus logró que Hades y ella llegaran a un compromiso. Perséfone pasaría en el infierno junto a su esposo un tercio del año, y regresaría a la tierra el resto del tiempo. Hades y Deméter aceptaron la decisión de Zeus. De esta manera explicaban los antiguos griegos la sucesión de las estaciones. Mientras Perséfone está junto a Hades, Deméter, entristecida por la ausencia de su hija, niega sus frutos a la tierra, produciéndose el invierno. Sin embargo, cuando Perséfone regresa junto a su madre, ésta se llena de alegría y bendice a los mortales con la abundancia de la primavera.

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