Prólogo y primer capítulo de Dedícame un último baile ¡en primicia!

Hoy os traigo en primicia el prólogo y el primer capítulo de mi novela que participa en el premio literario Amazon 2019.

Una novela donde los valores, la amistad, la familia, y el amor son lo las importante.

Amazon

Prólogo:

Hola, me llamo Elisabeth Hope Cooper y soy una chica descarriada
No, no te preocupes, no estamos en una reunión de alcohólicos anónimos, al menos por ahora, cuando se trata de mis padres no puedo poner la mano en el fuego sobre dónde terminaré.
Mis amigos me llaman Eli, si no eres mi amigo, mejor que ni me llames, no será bueno para ti, siempre ando metida en líos.
No soy mala chica o eso pienso yo, solo he nacido en la familia equivocada. Mucha gente sueña con tener dinero, poseer una buena posición En cambio, yo solo quiero tener libertad. Sí, poder hacer lo que quiera con mi vida y dedicarme a hacer un mundo mejor. No penséis que soy una desagradecida, mis padres me han dado muchas cosas a lo largo de mi vida. Gracias a ellos sé pintar y bailar, mis dos grandes pasiones, entre otras muchas cosas. El único problema es que ellos no lo hicieron para hacerme feliz, sino en su propio beneficio para convertirme en lo que es políticamente correcto para ellos. Sin embargo, yo lo utilizo para mis propios fines.
Todo esto me llevó a terminar en un «campamento», como lo llaman mis padres, para sentirse mejor con ellos mismos. En realidad, es un reformatorio mejor amueblado donde vamos a parar todos los descarriados con padres millonarios. Es algo que me ha cambiado la vida para siempre, de una manera que el dinero nunca hubiera podido comprar.
Esta es mi historia

Capítulo 1

¡No a la pena de muerte!
Palacio de justicia de Nueva York, 5 p. m.
En estos juzgados se celebró el juicio contra James Thomson, un hombre acusado de asesinar a su familia. Nunca se llegó a demostrar, ya que el hombre no recordaba nada de los hechos. La policía lo encontró inconsciente junto a los cuerpos de su mujer y las gemelas de seis años. Los medios de comunicación llevaban meses avisando de que lo condenarían a la pena de muerte antes de que se anunciara la sentencia en firme. Ese día la gente acudió al juzgado guiados por el morbo de la tragedia.
El público asistente empezó a entrar despacio y cuchicheaban por lo bajo mientras se acomodaban en sus asientos. En ese juzgado se permitía público durante los juicios. La sala era muy grande y la muchedumbre llenó la estancia. Los murmullos se oían por doquier.
Había muchísimas sillas colocadas en ambos lados de la sala para dejar un pasillo desde la puerta de entrada hasta la parte principal, en las cuales se colocarían los abogados, el acusado y en lo alto, el juez. Los colores de las paredes eran sobrios, producían una sensación de tristeza y alteraban los nervios a los presentes.
Las puertas del lateral se abrieron y pasaron dos guardias con un hombre esposado que llevaba un mono naranja, el acusado. Las exclamaciones de los espectadores al verlo retumbaron en la sala. Lo acompañaron a la mesa donde ya lo esperaba su abogado. Una vez que lo dejaron acomodado, se fueron a ocupar su lugar en la puerta imitando a los otros dos en la puerta de entrada a la sala.
¡Silencio! Todos en pie, preside el honorable juez Fergurson. Presentó un alguacil para dar paso al juez que salió por una puerta de detrás del estrado donde tomó asiento.
Siéntense ordenó el juez y la gente presente obedeció. Era un hombre intimidante, a pesar de su avanzada edad.
En ese momento, donde el silencio era ensordecedor se oyó un golpe fuera de la sala a través de la puerta de entrada principal y entró corriendo un chico joven.
Por favor, nos tienen que ayudar, un hombre se ha vuelto loco y no para de golpear a la gente afirmó el joven a los guardias que se apostaron a ambos lados de aquella puerta de doble hoja.
Los guardias no lo pensaron dos veces y salieron por la puerta. Se oían gritos fuera, por lo que un tercer guarda salió detrás de sus compañeros y dejó solo a uno en el interior de la sala. El joven hizo un gesto apenas perceptible para los demás y a través de los altavoces empezó a sonar Let´s go. El juez y el resto de asistentes miraron extrañados hacia todos los lados sin entender qué sucedía, cuando varias personas sentadas en el público se levantaron; chicos y chicas jóvenes, todos vestidos con trajes. Una chica morena, con un traje de falda, soltó su pelo que iba en un moño muy apretado y tiró lejos sus tacones. Cogió el bajo de su falda y la rajó a la altura de la pierna para tener libertad de movimiento. Al quitarse la chaqueta, dejó a la vista una camiseta que ponía: «No a la pena de muerte», y salió disparada a la parte central de la sala. Sus compañeros la imitaron, se arrancaron sus trajes y revelaron ropa de deporte y camisetas anchas con la misma frase. El chico que entró corriendo para pedir ayuda puso una barra de hierro en la puerta de entrada para que nadie pudiera acceder ni salir y se unió al resto mientras hacía piruetas durante todo el pasillo al ritmo de la música.
Quince personas bailaban en el centro de la sala y eran el objetivo de todas las miradas. El único guarda de seguridad que quedaba dentro se puso a bailar como sus compañeros, en una coreografía perfecta con todo tipo de baile: hip hop, ballet, jazz, entre otros. Todo un baile callejero, pero que dejaba hipnotizados a todos los asistentes con sus movimientos.
Un grupo de chicos giraban sobre sus cabezas sin el menor atisbo de miedo por lo que hacían. Las chicas del grupo, en ese momento, avanzaban delante del resto y empezaron a mover sus caderas con movimientos provocadores acompañados de sus brazos.
La chica morena salió delante de los demás con un joven que solo llevaba un pantalón de chándal y dejaba al descubierto su pecho torneado con una piel dorada. Danzaron juntos en un baile donde parecía que eran uno solo. Ella tenía un estilo más de ballet y él de hip hop, se sincronizaban a la perfección. Se agachaba a la vez que él levantaba la pierna por encima de su cabeza a una gran altura.
Los asistentes soltaron exclamaciones cuando vieron las piruetas y saltos que hacían los bailarines. Las puertas de la entrada empezaron a crujir con los golpes que indicaban que alguien intentaba acceder, les quedaba poco tiempo antes de que entraran los de seguridad.
El chico del torso descubierto le hizo un asentimiento a la morena con la cabeza y se agachó quedándose apoyado en una rodilla, ella corrió y saltó sobre su espalda con una maestría impresionante. Solamente apoyó un pie sobre él para coger impulso y hacer una voltereta en el aire para caer sobre el estrado del juez.
El juez abrió mucho los ojos con la aparición de aquella joven de ojos negros sobre su mesa. Empezó a bailar sobre la mesa, se fijó mejor en ella y la reconoció.
¡No más condenados a muerte, si lo hacéis sois igual de asesinos que ellos! Reivindicó la joven a gritos para que la oyeran todos por encima de la música.
En ese momento, las puertas de la entrada cedieron ante la presión de los guardias que accedían al lugar y se quedaron por un momento estupefactos ante lo que ocurría en una sala del palacio de justicia.
—¡Detenedlos! gritó el juez al recuperar la lucidez, y los guardias reaccionaron.
Eran muchos más que antes y se dirigieron hacia los bailarines que empezaron a correr ante la presencia de la seguridad, saltaron la valla que los separaba de los asistentes al juicio. Iban de silla en silla con gran pericia sin dañar a la gente mientras que esquivaban a los guardias, aunque alguno no tuvo mucha suerte y lo cogieron. La mayoría eran escurridizos y consiguieron escapar del agarre de los guardias de seguridad antes de que los redujeran.
La chica morena miró al juez una vez más antes de irse a ayudar a sus amigos.
Asesino le dijo entre dientes. Se giró cara a la sala y dio una voltereta en el aire cayendo de pie en el suelo frente al estrado.
Ella observó cómo sus amigos escapaban y estudió la mejor forma de llegar a la puerta sin ser cazada, pero al momento vio que el chico con el que había bailado era sitiado en una pared por un guardia que llevaba la porra desenfundada. Y aunque la norma que tenían entre ellos era siempre correr y no dejar que te pillaran, ella no podía permitirlo. Nunca dejaría a ninguno de sus amigos atrás, así que sin pensarlo corrió hacia el guardia y se tiró al suelo, resbalando, para impactar con todo el peso de su cuerpo sobre él y derribarlo; así daría tiempo a James, su novio, a escapar. El guardia de seguridad cayó, pero justo para atrás, y la atrapó con su peso debajo de él. James se fue directo a ayudarla; sin embargo, ella cuando lo vio negó con la cabeza.
Tienes que irte. Apremió al joven de cabellos dorados que la miraba con la mandíbula apretada. No quería dejarla, aunque sabía que era lo correcto.
No me iré sin ti protestó él mientras se agachaba a su lado.
Hazlo por mí, sabes que a mí no me pasará nada, pero si a ti te encierran no lo podré soportar le suplicó ella, por favor.
Él asintió enfadado y salió corriendo antes de que llegaran dos guardias más hasta su posición; la chica morena miró satisfecha como había conseguido huir. El guardia la puso boca abajo y la esposó, le hacía daño, aun así, no iba a gritar, eso nunca lo haría. Ella bailaba en protesta por las injusticias y sabía perfectamente a lo que se arriesgaba, acarreaba feliz con las consecuencias. Nunca conseguirían pararle los pies y ella no se detendría hasta conseguir un mundo mejor.
Con la cabeza aplastada sobre la fría losa marrón del suelo, vio como los pies del que creía que era el juez se acercaban hasta ella.
Levántala ordenó el juez, y el de seguridad obedeció.
La cogió de las manos esposadas y la levantó del suelo de un tirón seco, le hizo daño. Ese animal le podría haber desencajado un brazo, pero se vio que estaba muy molesto porque les hubieran engañado dejándolos fuera de la sala.
El juez la miró de arriba abajo, observó su pelo azabache alborotado por el baile con algún mechón pegado a su cara por el sudor, su camiseta de protesta, la falda de tubo rota y, por último, sus pies descalzos.
Señorita Cooper, es consciente de que lo que han hecho aquí es un delito muy grave. La miró severamente. Con su acción han dejado la sala desprotegida y el acusado podría haber escapado o asesinado a alguien le dijo con voz acusatoria.
Señor Fergurson, sabe usted que ese hombre fue encerrado sin pruebas y que es posible que condenen a un hombre inocente a la pena de muerte. ¿Sabe en qué le convierte eso? le escupió las palabras para mostrarle todo el desprecio que sentía por él y su sistema de justicia.
¡Basta! Esto no lo voy a tolerar, no te mando directa a un reformatorio porque tu padre es muy amigo mío, pero te aseguro que pagarás por esto, a mí nadie me ridiculiza. Me encargaré personalmente de que tu padre tome cartas en el asunto. Ella puso los ojos en blanco ante sus palabras. Si pensaba que tenía miedo a su padre es que no la conocía bien.
La próxima vez iremos a bailar a su propia casa para que su mujer y sus hijos sepan lo que es realmente su marido amenazó la morena con una sonrisa diabólica en los labios.
Si cojo alguno de tus amigos o a ti cerca de mi casa me encargaré de encerraos de por vida contestó el juez con desprecio hacia ella y sus amigos. Era de aquellas personas que se consideraban mejor que los demás por su dinero y su estatus social, ella conocía muy bien a la gente así. Que los policías la lleven a casa, yo voy a llamar a sus padres.
Después de una hora encerrada y esposada en una sala sin ventanas, vinieron los policías a por ella. Seguro que el juez pensó que le daría un escarmiento si la dejaba encerrada un rato para que pensara en lo que había hecho. Como si la encerraban todo el día, a ella le daba igual. Dos agentes llegaron y la cogieron para meterla en el coche patrulla aparcado fuera del palacio de justicia. El que la llevaba sujeta la miraba con cara de pocos amigos y el otro, cuando su compañero con Cara de Perro no miraba, le echaba sonrisas divertidas.
Aquella chica conocía a casi todos los policías de la ciudad, la habían llevado tantas veces a casa por sus bailes en sitios públicos y otros altercados que había perdido ya la cuenta. Luego la llevaban a casa y su padre le daba una buena suma de dinero para que olvidaran el asunto en cuestión, así que de alguna manera ella era una heroína porque contribuía a que los agentes de policía de Nueva York tuvieran un sobresueldo. Unos eran más majos con ella que otros, Dany era el que mejor le caía, era un agente joven que entendía los actos de rebeldía que cometían ella y sus amigos.
La metieron con cuidado en la parte de atrás del coche patrulla para evitar que se golpeara, si su padre viera alguna señal de daño en ella pondría a los agentes a barrer las calles. Es lo que tiene ser una de las familias más ricas e influyentes de los Estados Unidos.
¿No crees que esta vez ha sido muy heavy lo que habéis hecho, Eli? le preguntó Dany y ella le sacó la lengua con la mala suerte de que el Cara de Perro la miró por el retrovisor y la pilló.
Tenía que hacerlo, ya lo sabes. Eli se encogió de hombros como si fuera lo más evidente del mundo.
Un día, tu padre no te salvará y te verás en un duro aprieto dijo Dany sonriéndole. Ese hombre le caía bien, alguna vez se había tomado unas cervezas con ella y sus amigos, pero tenía que guardar la compostura si quería conservar el empleo.
—Cuando eso pase, espero que me vengas a traer cervezas al reformatorio. Le guiñó un ojo a su amigo.
Silencio los dos, no hables con la detenida, agente Murdok dijo casi gruñendo el Cara de Perro.
Dany le sonrió una vez más antes de mirar hacia delante, el que conducía era su superior, así que tenía que obedecer. La morena miró por la ventana y vio que ya llegaba a su casa, su cárcel propia, de la cual no podría escapar hasta al menos dentro de un año, momento en el que cumpliría veintiún años y fuera oficialmente mayor de edad. Ese día se iría y no miraría atrás.

A %d blogueros les gusta esto:
Ir a la barra de herramientas